Conocedor de su afición por la lectura, el cocinero le preparó una exquisita sopa de letras. Su error fatal fue sin dudas, el no fijarse que el paquete excluía las letras vocales. Solo cuando escuchó al cliente llamar al camarero, se percató de ello.
— ¡C-m-r-r-!
Al contemplar en el interior de un escaparate un boomerang de brillantes colores, el niño atraído por su influjo, metió sus delgadas manos en los bolsillos de sus gastados pantalones. Al sacarlas comprobó de un vistazo que disponía de dinero más que suficiente para hacerse con el preciado objeto. Una vez en su poder decidió deshacerse de su viejo boomerang. Así que lo tiró.