Cientos de curiosos se agolparon en la puerta de la iglesia. Todos querían ser testigos del milagro. La virgen, según decían, lloraba sin parar. El primero que presenció el milagro fue un joven monaguillo, quien en el momento del portento desayunaba bajo los pies de la imagen; sobre su frente cayeron las primeras lágrimas. El párroco decidió dejar el lugar de los hechos intacto, tal y como estaba cuando sucedió el prodigio. Bajo la imagen aún permanece la comida, una botella de agua y un bocadillo de caballa con cebolla.
Fotografía del artista Juan Yanes