Nunca celebraron sus bodas de oro, ni de plata, ni siquiera las de madera. Otros le dicen que el tamaño no importa. Pero a ella le fastidia que su matrimonio fuese un microrrelato.
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Reproches
21 junio 2011
Publicado por
César Socorro
en
16:28
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Etiquetas:
Microcuento,
Microrrelato,
Minificción
Huellas
Junto a la puerta unas botas embarradas. El rastro de pisadas retrocedía hasta un montículo de tierra junto a las acacias. Sin necesidad de dotes adivinatorias, intuí qué se ocultaba bajo la superficie; pues había presenciado ese espectáculo muchas veces. Entré en la casa, subí las escaleras e irrumpí en su cuarto. Él, tirado sobre la alfombra con el rostro cubierto de lágrimas, sollozó: “Papá, mi juguete nuevo ha muerto”.
La cata
El húmedo corcho esparció el aroma secuestrado.
Un torrente de Bobal abandonó los barrotes de cristal y se desató sobre la copa. Sus salpicaduras insertaron diminutos colmillos en las comisuras de la boca cristalina, dejando fluir la simbólica sangre de Cristo al océano de vides aplastadas por pies de carne y metal.
El agitado movimiento del tallo despertó fragancias frutales y días de lluvia; gravándose en la memoria de la nariz y avivando un pozo de recuerdos olvidados.
Secuelas
En el quirófano el paciente permanece sedado mientras su siniestro orbe persiste en comunicarse mediante insistentes parpadeos. El doctor interpreta tales señales, y esto, le lleva a rememorar sus días en Chechenia al cuidado de un batallón de lisiados. Se dice haber visto ese iris sobre una de tantas camillas: donde yacía el ametrallado cuerpo de un cíclope.
Intrusismo
El rey de los etéreos desafió a los usurpadores con una kriptónica mirada. Nadie le arrebataría su reino, se dijo. Habían violado el ancestral pacto, y él y los suyos los retornarían a sus dominios; de donde nunca debieron haber salido. Con un gesto de aprobación, una de sus legiones aladas emprendió vuelo.
Rastros de tinta
Llamas húmedas
Como húmeda lluvia de fuego, aguijonadas gotas se hunden en la amazónica cabeza. Después se ensañan con el resto del ser, descamándolo como a una sardina. Dejando al descubierto una ahogada piel desesperada, en busca de un soplo de aire. Una balsámica espuma lo envuelve, derritiéndose al contacto con el líquido elemento, como un helado sobre un postre caliente, antes de desaparecer por completo a través de un agujero que observa todo desde el suelo.
Pirofobia
Cuando la ardiente cerilla se acercó, la hoja de papel sufrió un ataque de Parkinson. Al rozarle, un cosquilleo de intensa pimienta le recorrió una de sus esquinas. Su blanco vestido se tiñó de gris a negro en segundos. La llama la desnudó a mordiscos, escupiendo al viento sus apolillados restos.
El milagro
Cientos de curiosos se agolparon en la puerta de la iglesia. Todos querían ser testigos del milagro. La virgen, según decían, lloraba sin parar. El primero que presenció el milagro fue un joven monaguillo, quien en el momento del portento desayunaba bajo los pies de la imagen; sobre su frente cayeron las primeras lágrimas. El párroco decidió dejar el lugar de los hechos intacto, tal y como estaba cuando sucedió el prodigio. Bajo la imagen aún permanece la comida, una botella de agua y un bocadillo de caballa con cebolla.
Fotografía del artista Juan Yanes
Una batalla perdida
Afligida por las incontables lágrimas que sus compañeras habían causado, decidió cambiar las cosas. Hizo campaña, trató de convencerlas, pero pocas se aliaron a su causa. Decidieron que para distinguirse de sus crueles hermanas, adoptarían el color blanco como símbolo y nueva vestimenta; pero su victoria no fue completa. Estas cebollas, que ya no hacían llorar, tenían el ligero inconveniente de producir un fétido aliento a estiércol. Por lo que poco a poco, los mismos que en un principio las acogieron, las repudiaron.
Hombres humo
Ese día, yo estaba allí. Vi aparecer al primero. Fue tras una bocanada que expelió su propio cigarrillo. Su cuerpo se esfumó poco a poco entre la humareda. Desde entonces, esos espíritus mulatos deambulan por la tierra.
(Foto de la artista Andrea Galvani)
Érase una vez un montón de coartadas
Nunca se habló de la razón de que la confinaran en la casa del bosque.Del porqué ese día el leñador, que casualmente era su yerno, cayó enfermo y por tanto no acudió al trabajo. Del motivo de que su hija no le entregara la cesta a tiempo a su nieta, y de que ésta se retrasase aludiendo que no encontraba su caperuza roja, sin la que se negaba a salir de casa. Tampoco se investigaron las cuentas corrientes del lobo, ni que motivó su repentino viaje a las Canarias.
Indecisiones
Al pasear por la orilla nadie recogió la botella. Las olas no la depositaron sobre la arena, ni fue transportada hasta la costa por las corrientes marinas; pues jamás la lanzó al mar. Nunca depositó un mensaje en su interior; ni siquiera se atrevió a escribirlo, pensando que no lo leerían.
Espacio personal
Sentado en una incómoda silla, con un café y un dónut cargado de colesterol, me dispongo a leer la prensa. Cuando con ese fastidioso zumbido que la caracteriza, se posa sobre la página de sucesos. Parece atenta, absorta, como si realmente le importase lo que ahí se dice. Pero ya estoy harto, este es mi tiempo, mi escape. Así que enrollo el periódico modelando el arma del crimen y de un férreo golpe, la mosca quedó aplastada entrelínea.
Monigote
Ante la crítica mirada del universo, se percató de lo efímero e insignificante de su existencia. Se consideraba igual que una simple gota en un vasto océano. Sus palabras e ilusiones, se parecían, a las rancias noticias que se desvanecen entre las amarillentas páginas de un periódico. Entonces, como una pieza más de un colosal tablero, se dejó llevar por la ineludible marea.
Mención especial en el concurso: Minificciones Julio 2009 (Publicado en Minificciones Destacadas 13/08/2009)
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Mención especial en el concurso: Minificciones Julio 2009 (Publicado en Minificciones Destacadas 13/08/2009)
El mono

Segismundo era un pobre yonqui que tirado en un sucio rincón de una prisión, no sabía si su vida era un sueño o si bajo los efectos de tantas drogas (que le tenían en un constante estado de frenesí), todo le parecía una ilusión, una sombra, una ficción.
La llamada

Conocedor de su afición por la lectura, el cocinero le preparó una exquisita sopa de letras. Su error fatal fue sin dudas, el no fijarse que el paquete excluía las letras vocales. Solo cuando escuchó al cliente llamar al camarero, se percató de ello.
— ¡C-m-r-r-!
De vuelta

Al contemplar en el interior de un escaparate un boomerang de brillantes colores, el niño atraído por su influjo, metió sus delgadas manos en los bolsillos de sus gastados pantalones. Al sacarlas comprobó de un vistazo que disponía de dinero más que suficiente para hacerse con el preciado objeto. Una vez en su poder decidió deshacerse de su viejo boomerang. Así que lo tiró.
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